La leyenda de Kaguya - Muy Japo
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La leyenda de Kaguya, la princesa de la Luna

¿Qué tal estáis chic@s? Dándole vueltas al coco se me ocurrió hablaros de Kaguya, la princesa de la Luna. Una leyenda que a mí personalmente me recordó a la leyenda de Momotaro, pero sólo en algunos aspectos. La leyenda de Kaguya también se conoce como la leyenda del cortador de bambú, ya entenderéis por qué aquellos que no la conozcáis aún.

Niños y niñas, prestad atención porque comienzo con el cuento de la princesa Kaguya.

La leyenda de la princesa Kaguya

Érase una vez, una pareja de ancianos japoneses muy humildes. El viejecito, llamado Taketori no Okina, se dedicaba a cortar bambú para venderlo, así era como se ganaba la vida.

Un día como otro cualquiera, el anciano se encontraba en mitad de su labor cuando vió un destello blanco que provenía del interior del bosque de bambú. El viejecito, muy intrigado, decidió encontrar el origen de esa extraña luz, y buscó hasta que se topó con una caña de bambú que brillaba tanto como la plata. Enseguida, el ancianito pensó:
– «Venderé esta caña de bambú tan especial y así mi esposa y yo podremos vivir cómodos durante mucho tiempo, ya somos mayores y estamos cansados…»

Dicho esto, el anciano comenzó a cortar el tallo, pero para su sorpresa, encontró en su interior una niña diminuta, era solo un bebé. La niña destacaba especialmente, además de por su pequeño tamaño, por sus cabellos negros brillantes y su piel blanca como la más pura nieve. El corazón del anciano se llenó de amor en cuanto sostuvo a la pequeña niñita con tan solo la palma de su mano, así pues decidió llevarla a casa para proponerle a su esposa adoptar a tan dulce niña, pues ambos se sentían muy solos y siempre quisieron tener hijos. En cuanto la ancianita vió al bebé, su rostro se iluminó y con gran alegría exclamó:

– ¡El cielo nos ha regalado una preciosa niña! La cuidaremos con todo nuestro cariño, como si fuese nuestra.

El anciano le contó a su esposa cómo la había encontrado y le habló del resplandor que emanaba de aquella caña de bambú. Los ancianos decidieron entonces llamarla Kaguya-Hime (Princesa luz radiante).
Así fue como esta pareja de ancianitos se convirtieron en los padres adoptivos de la princesa Kaguya.

Fue pasando el tiempo hasta que esa niñita que cabía en la palma de una mano creció hasta convertirse en una niña de estatura normal, para más tarde alcanzar la madurez y ser la mujer de mayor belleza que se había visto jamás. Cualquier hombre quedaba prendado al verla y enseguida caían enamorados de ella. Tanto era así que un día aparecieron cinco pretendientes en la puerta del hogar de Taketori no Okina para pedir la mano de su hija. El anciano decidió concederle a su hermosa hija la posibilidad de escoger ella misma a su amado. Entonces, Kaguya decidió que se casaría con el hombre que fuese capaz de cumplir la misión que ella le hubiese encomendado, por lo que se dirigió a ellos y fue encomendándole una misión a cada uno. Al primero de ellos le dijo:

– «Tú debes encontrar el cuenco en el que Buda comió durante el viaje que hizo a Varanasi»

A continuación, se dirigió al segundo hombre:

– «Deberás cortar una rama de plata y oro de los árboles que crecen en Penglai.»

Siguió con el tercer hombre:

– «A ti te encomendaré que me traigas el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego de Xianyang»

Miró al cuarto hombre y exclamó:

– » Tú deberás arrebatarle la piedra de mil colores que pende del cuello del dragón de Baoji.»

Y por último, al quinto hombre le dijo:

– «Y tú, recupera la concha de cauri que guardan las golondrinas de Nankín.»

La princesa se sintió satisfecha con sus peticiones y se marchó dejando boquiabiertos a sus pretendientes por su gran belleza. Inmediatamente después, los cinco hombres partieron para realizar las hazañas que les había encomendado su amada, Kaguya-Hime.

El primer pretendiente, impaciente por ser el escogido por la princesa, decidió engañarla y le ofreció un cuenco de oro puro con piedras preciosas incrustadas. La princesa, al verlo, se dio cuenta del engaño y exclamó:

– «Este cuenco no es el auténtico. El cuenco en el que comió Buda brilla con luz propia. No has cumplido la misión que te encomendé»

El primer pretendiente se marchó decepcionado. En cuanto al segundo, apareció con una rama de plata y otra de oro que le encargó elaborar a un joyero. Kaguya-Hime sostuvo las ramas entre sus manos y quedó convencida de que eran las auténticas, aunque justo cuando iba a darle la enhorabuena al pretendiente, apareció el joyero que las había elaborado pidiéndole a gritos a su cliente que debía pagarle inmediatamente el trabajo. Así fue como se descubrió el engaño.

El tercer pretendiente decidió adquirir el abrigo de la piel de la Rata de Fuego a unos mercaderes de la ciudad, que lo habían convencido de que serían capaces de conseguir el abrigo auténtico. El pretendiente pagó el encargo a los mercaderes y se lo ofreció a la princesa. Ésta exclamó:

– «Para comprobar si este abrigo está fabricado con auténtica piel de la Rata de Fuego, no debe arder.»

La princesa arrojó el abrigo a la hoguera y éste se redujo a cecinas al cabo de unos minutos. El tercer pretendiente se marchó confundido.

En cuanto al cuarto pretendiente, dijeron que se había aventurado solo, en un barco en busca del dragón de Baoji. Aunque se cree que pereció en una tormenta, pues nunca más se supo de él. El quinto pretendiente buscó en todos y cada uno de los nidos de golondrinas de Nankín, aunque sin éxito. Cuentan que casi pierde la vida al caer de la escalera que usaba para llegar a los nidos.

Con el paso del tiempo, la fama de la princesa Kaguya creció hasta llegar a los oídos del mismo Emperador de Japón. Éste, sorprendido por los comentarios sobre la gran belleza de la joven, quedó impresionado y decidió conocerla personalmente. Al verla, el emperador quedó prendado de su belleza y se enamoró inevitablemente. Decidió proponerle matrimonio, pero la princesa lo rechazó:

– «Nunca podremos estar juntos. Provengo de un lugar muy lejano y sé que algún día debo regresar a mi hogar. No me gustaría verte sufrir por mi marcha.»

Aún así, el joven emperador no cesó en sus intentos por conquistar a la hermosa princesa Kaguya-Hime y cada día le enviaba valiosos regalos para ablandar su corazón. Ella los ignoraba todos, pasaba por un momento difícil, pues echaba de menos su hogar. Cada noche, contemplaba la Luna durante varias horas con los ojos llenos de lágrimas, con sentimiento de añoranza. Sus padres adoptivos estaban muy preocupados por su estado triste y ausente. Intentaron hablar con ella para comprender su tristeza, pero la princesa no soltó prenda.

Un día antes de la Luna llena, Kaguya decidió explicarles a sus padres la razón de su tristeza:

– «El motivo de mi tristeza, queridos padres, se debe a una visita de un mensajero de Tsuki no Miyako (la Ciudad de la Luna). El mensajero me dijo que una comitiva vendría a buscarme durante la luna llena de agosto para llevarme de vuelta a mi reino.»

La noticia de la inminente marcha de la princesa llegó a los oídos del emperador, que inmediatamente ordenó a su ejército custodiar la casa de los ancianos para evitar que le arrebataran a su amada. Aún así, el esfuerzo del emperador fue en vano, ya que al asomar la luna llena de agosto, los soldados del emperador quedaron cegados por un intenso resplandor proveniente del grupo de habitantes de la Luna que llegaron a por Kaguya. La embajada celestial vistió a la princesa Kaguya con un precioso vestido, fabricado con plumas de plata que la hacían brillar aún más. La condujeron después hacia su reino: Tsuki no Miyako. La princesa pudo ver a sus padres envueltos en llanto mientras se alejaba de la Tierra hacia su verdadero hogar.

El emperador japonés, sin embargo, no aceptó la partida de su amada, por lo que decidió seguir manteniendo el contacto con ella mediante cartas de amor. El emperador escribió innumerables cartas dirigidas a Kaguya-Hime, pero desconocía cómo conseguir que llegaran hasta ella. Tras varios días pensando, se dirigió a sus súbditos y exclamó:

– ¡Encontrad la montaña más alta de todas! ¡Una montaña que esté muy cerca del cielo!

Enseguida, una partida de exploradores comenzaron con la búsqueda de esa montaña, hallando así un monte llamado Fuji, cuyo pico nevado era casi imperceptible, por lo que tendría que significar que, sin duda, tocaba el cielo. El emperador partió enseguida hacia el pico del monte Fuji para quemar todas las cartas que le escribió a su amor, con la esperanza de que el humo lograra que la princesa recibiera sus mensajes.

Según la leyenda, hoy día se puede ver humo blanco procedente de monte Fuji que se eleva hasta el cielo. Algunos japoneses afirman que es el emperador, que sigue quemando cartas de amor para que su amada no lo olvide y, así quizá algún día decida volver junto a él.

Fin

Bueno niños, hasta aquí el cuento. Precioso, ¿verdad?. Un cuento muy japo que no podía faltar en el blog, eso seguro. Espero que os haya gustado 😉

¡Comentad si ha sido así!